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MUJERES EN EL EPICENTRO DE LOS EXTREMOS CLIMÁTICOS

Texto del artículo

En los últimos años, Brasil ha experimentado una serie de eventos climáticos extremos. Por un lado, municipios enfrentan lluvias severas, inundaciones y deslizamientos; por otro, largos períodos de sequía y olas de calor intensas. Estos desastres climáticos y ambientales son el resultado de una sucesión de decisiones (o de la ausencia de ellas) que priorizan un modelo de sociedad depredador e insostenible.

Según el informe «Estado del clima, extremos de clima y desastres en Brasil», elaborado por el Centro Nacional de Monitoramento e Alerta de Desastres Naturais (CEMADEN), desde 1900 ha habido un aumento de aproximadamente 200% en el número de desastres climáticos registrados en Brasil. Solo en los meses de febrero y marzo de este año, el país ya ha reportado diversos casos de inundaciones y lluvias intensas que siguen dejando rastros de destrucción, al tiempo que exponen desigualdades y vulnerabilidades de manera tan evidente que no hay tiempo de recuperación antes de un nuevo evento extremo. Estos efectos no son recientes, pero hasta ahora, gran parte de las decisiones y estrategias no han sido suficientes, especialmente en lo que respecta a considerar a las personas que habitan los territorios en zonas de riesgo y que son más susceptibles a sentir estos impactos de forma desproporcionada.

En este contexto, podemos hablar de racismo climático, que sitúa en el centro de las discusiones climáticas y ambientales una mirada socioespacial bajo la lente de las cuestiones de género y raza de manera interseccional. Esto se debe a que, dependiendo del cuerpo que habitas, y dada la estructura socioeconómica desigual en la que vivimos, esto está directamente relacionado con el espacio que ocupas en la sociedad. Ese espacio determina el acceso a derechos, el nivel de protección y, además, cuánto te afectan estos eventos climáticos. Y en el epicentro de estos desastres climáticos y ambientales se encuentran mujeres y niños, siendo los más impactados. Cerca del 80% de las personas desplazadas por el clima son mujeres, según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, un dato que revela la importancia de abordar la discusión climática desde una perspectiva de género e interseccional. Observando Brasil, el 23 de febrero de 2026, una mujer de 85 años falleció dentro de su vivienda en medio de las fuertes lluvias que afectaron la región de São João de Meriti, en la Baixada Fluminense. Según informaciones de la alcaldía de Río de Janeiro, el muro de su casa colapsó durante la tormenta, lo que le impidió salir del lugar. Además de este caso, al menos 600 personas quedaron desplazadas, según un reportaje de G1.

Este caso, lamentablemente, no es aislado. En Minas Gerais, el 26 de febrero de 2026, Vitória Gomes perdió a su hija de dos años y a su madre durante un derrumbe. La familia, según los reportes, vivía en uno de los barrios más afectados por deslizamientos de tierra durante las lluvias. Los extremos climáticos impactan de manera desproporcionada a las personas, y estos y otros casos evidencian la ausencia de políticas públicas eficaces y la falta de responsabilidad del Estado en desarrollar medidas y estrategias que puedan mitigar riesgos ya conocidos.

Profundizando en la realidad de las mujeres en este escenario, además de perder familiares, viviendas y bienes, las mujeres y niñas sobrevivientes de desastres climáticos y ambientales enfrentan otras crisis y violencias que las atraviesan, sin estar seguras ni siquiera en los refugios construidos durante los desastres, como ocurrió en Rio Grande do Sul en 2024. Michelle Bachelet (expresidenta de Chile), en una entrevista para la ONU, destacó con fuerza la realidad de las mujeres y niñas desplazadas por los extremos climáticos en América Latina. En su intervención señaló que, además de la inseguridad en los refugios, las niñas y mujeres que están «en movimiento» —en busca de un nuevo hogar o simplemente intentando sobrevivir— también son víctimas de trata de personas, matrimonios forzados y otras violencias, lo que demuestra que los desastres climáticos no son las únicas amenazas a sus vidas.

A estos factores se suma la responsabilidad que recae sobre las mujeres de garantizar la supervivencia de sus familias. Según el informe «Panorama de la Perspectiva de Género 2024» de ONU Mujeres, para 2050, el cambio climático podría llevar a más de 150 millones de mujeres y niñas adicionales a la pobreza, lo que representa 16 millones más que el número de hombres y niños. Frente a recursos escasos, como agua potable y alimentos, las mujeres deben desplazarse más por los territorios, lo que también representa un factor de riesgo y puede derivar en violencias, abusos e incluso desapariciones. Además, la agricultura familiar enfrenta desafíos y cambios que exigirán más trabajo para recuperar lo perdido, lo que termina obligando a niñas a trabajar como forma de «contribuir» al ingreso familiar Es decir, mujeres y niñas experimentan los impactos de los extremos climáticos y ambientales de manera diferenciada, siendo víctimas de violencia, negligencia y abandono, lo que genera una acumulación y superposición de violaciones de derechos que las alejan aún más de una vida digna. Y al luchar por sus derechos, muchas son criminalizadas, silenciadas e incluso asesinadas. Brasil es el cuarto país más letal para personas defensoras, según el informe de Global Witness, solo por detrás de Colombia, Guatemala y México. En la misma entrevista, Michelle Bachelet señala que en México y Centroamérica se registraron cerca de 1.698 actos de violencia contra mujeres defensoras de derechos humanos entre 2016 y 2019.

Analizar estas capas vuelve la agenda ASG/ESG simultáneamente compleja y exigente, pero también estratégica y necesaria para alcanzar una sociedad más justa, respetuosa, sostenible, solidaria y resiliente. Se trata de una agenda que exige la responsabilidad de todos los actores sociales para tomar decisiones que garanticen la dignidad humana, al tiempo que preserven el aire que respiramos y el suelo que pisamos. Todo está interconectado, y la agenda ASG/ESG debe ser regenerativa, proponiendo estrategias que nos enseñen a relacionarnos nuevamente con la naturaleza, ya que nuestras existencias están conectadas. Al hablar de prácticas, es necesario reconocer que aún tenemos un largo camino por recorrer como sociedad, especialmente cuando analizamos las realidades desde la lente de la interseccionalidad, que revela fallas en la protección y garantía de derechos de mujeres y niñas, un problema que no se limita a Brasil, sino que es global. También estamos fallando en garantizar un medio ambiente saludable, que es igualmente un derecho humano.

Este cambio de perspectiva y de modelo de actuación —tanto de empresas como de gobiernos y otros actores— solo ocurrirá cuando más mujeres ocupen espacios estratégicos. Según Angelica Kalil, autora del libro «Bertha Lutz» y la «Carta de la ONU», en entrevista con ONU News, el modelo de sociedad en el que solo los hombres toman decisiones y debaten políticas públicas está colapsando. Para superarlo, es fundamental que más mujeres estén en posiciones de liderazgo, poder y toma de decisiones. Es decir, solo superaremos estos desafíos cuando más mujeres estén presentes en espacios de decisión sobre sus cuerpos, territorios, derechos y futuros.

La presencia de mujeres liderando estas agendas genera impactos significativos, especialmente en el ámbito ambiental y climático. Según el estudio «Gender and Climate Change: Do Female Parliamentarians Make Difference?», que analizó 91 países entre 1997 y 2015, los países con mayor representación femenina en los parlamentos tienden a adoptar políticas climáticas y ambientales más sólidas, con compromisos factibles y ambiciosos. Otros estudios también indican que, cuanto mayor es la participación de mujeres en la formulación de políticas públicas, mayor es la protección ambiental y la implementación de políticas robustas. En este sentido, considerando que el mes de marzo es emblemático en la lucha de las mujeres por sus derechos —incluido el derecho a la vida digna—, es imprescindible reconocer la importancia de trabajar las agendas ASG/ESG colocando a las mujeres en el centro de las discusiones y decisiones, así como analizar los extremos climáticos desde la realidad de las mujeres y sus interseccionalidades. Se trata de una agenda ancestral: la lucha no es nueva, pero marzo también es un tiempo de reafirmación de dichas luchas.

Transcripción del artículo publicado en la edición impresa. La versión maquetada está disponible en el visor de arriba.

Latin American Quality Institute

LAQI es autor de la redacción y publicación de los artículos en la Quality Magazine. Más información en laqi.org

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